dissabte, 22 d’agost de 2015

Cuando te sientes sola...

Permitidme, queridos dragones, que hoy sea visceral.

Ayer tuve que ir a urgencias. Desde hacía unos días, sentía una especie de chasquido dentro del útero y como mi matrona está de vacaciones, acudí a la matrona del pueblo de al lado.
He de confesar que la segunda me gusta mucho. Es una chica dulce, cariñosa, que te escucha (esto es SÚPER importante), te aconseja y te tranquiliza.
La primera... pues eso.

Pero sigamos. Acudí a la matrona y me dijo que estaba teniendo contracciones. Cuando nuestro útero se contrae, nuestros bebés se aceleran y mi dragón, ayer, iba a mil por hora.
Hasta ahí todo normal. Todo normal si no fuese porque yo no sentía la contracción, no respiraba con profundidad y mi peque no se relajaba.

Me hizo una tira para descartar otra infección de orina y me acostó del lado izquierdo. Me dejó un ratito así, para que me tranquilizara.
Cuando salió por la puerta, me eché a llorar.

Y te echas a llorar no por ti, sino por tu bebé. Porque no sabes si está bien, si lo estás haciendo bien... En esos momentos, nuestro mejor consuelo es nuestra pareja, al menos para mí. Porque se ha ganado la medalla a la Paciencia y a los Mimos. Porque no me soltó la mano en ningún momento. No fuese que me cayese en ese vértigo emocional.
Cuando la matrona volvió, mi bebé ya se había relajado, pero yo seguía con contracciones que no sentía.

Para que me tranquilizase, me mandó al hospital.

Y aquí es donde empieza la aventura.

Desde que estoy embarazada, y aunque me propuse sólo acudir el día que me pusiese de parto, he ido tres veces:
1. Por un sangrado.
2. Por contracciones producidas por la infección de orina.
3. Por contracciones que no sentía.

La primera vez, fui en un estado de pánico, con la tensión por las nubes, llorando cada vez que me hacían repetir por qué estaba allí (que fueron, exactamente, tres veces: recepción, triaje y gine)
La matrona de triaje fue todo dulzura y comprensión. Cosa que me sorprendió, acostumbrada a «eso es normal» de mi matrona de cabecera.

La segunda vez, tuve la maravillosa suerte de encontrarme con una matrona recién horneada (de las que contratan en verano y tienen unas ganas locas de currar de lo suyo) y mi ginecóloga habitual. Un día os hablaré de esta gran profesional que me conoce desde pitusa.
Mi gine me explicó todo, como siempre, machacadito y tranquilizándome. Vamos, que me fui del hospital más feliz que una perdiz.

Pero ayer... Aquello fue otro cantar.

Después de que me revisara la matrona, llegamos al hospital. La cosa fue rápida (no más de dos horas) Mismo ritual. Primero triaje y después monitores. La matrona que estaba en monitores me preguntó que me pasaba:
-Tengo contracciones que no siento y el latido del bebé va disparado...
No me deja terminar cuando dice:
-¿Y?
Me dio tanta rabia que le dije en una vocecita de niña pequeña:
-Mi matrona, para mi tranquilidad, me ha mandado al hospital.
Me puso las correas de mala gana, apagó el sonido del monitor para que no lo escuchase y, cuando pasaron los 30 minutos, ni siquiera fue capaz de decirme que estaba todo bien. Vino, me quitó las correas y añadió:
-Límpiate con la sábana.
Y yo que pensaba que mi matrona «de cabecera» era una bruta sin sensibilidad... ¿No querías caldo? ¡Pues toma dos tazas!

Cuando pasé a gine, me hizo las preguntas de rigor, me hizo desvestirme y sin mediar palabra, me tocó. Tocar es cuando te meten la mano hasta la campaniña, te hacen un dolor horrible, te hacen sangrar, pero «es normal». La chica, al parecer, tenía que mirar algo más. Así que se fue de la habitación sin decirme ni una palabra. Me dejó sola, a medio vestir, sabiendo que había sangrado y con una contracción de las que duelen. Al parecer, a mi bebé tampoco le gustó, se enfadó y empezó a moverse. No para castigarme. Sino para decirme: «Mami, a mí también me ha molestado».
Volvió al cabo de unos minutos eternos, me hizo una eco y me dijo que estaba todo bien.

Por supuesto, leer que sólo acuda a urgencias por sangrado, rotura de aguas, contracciones regulares (te dicen qué debes sentir y cada cuánto) o si no notas a tu bebé... No sé, es como decir: «No vuelvas si no tienes una urgencia real, primigesta idiota».

Porque el embarazo, como ya he dicho alguna vez, es una montaña rusa de emociones. Porque sí, está muy bien que los profesionales te controlen la tensión, te hagan análisis o te llamen gorda cada vez que te toca revisión. Pero, a veces, sólo a veces, necesitamos una palmadita en la espalda, un «todo va bien» en vez de un «eso es normal». Que sí, que yo soy una afortunada porque mi pareja es mi súper héroe que hace todo eso y más. Que mi amiga Ro me manda wasaps para motivarme y decirme eso de «todo va bien»... Vamos, que lo que es apoyo familiar y de amigos, no me voy a quejar.
Pero, insisto, que un profesional te aporte tranquilidad emocional tampoco está de más.

Ayer me sentí sola, dolida. Ayer lloré al salir del hospital porque, aunque todo estaba bien, al parecer les fastidié la tarde de viernes con mis miedos e inseguridades.

La próxima vez que vaya al hospital será porque mi dragón ya viene al mundo y solo espero no cruzarme ni con una, ni con la otra. Porque sí, ganan las profesionales buenas y cariñosas; y yo sólo me he cruzado con tres insensibles... pero, ¿y todas esas mamás que se han cruzado con más de tres?

Ayer, por primera vez, entendí porqué existe la figura de la doula. Ayer la respeté más que nunca. Pese a quien le pese. 

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