dimecres, 7 d’octubre de 2015

Depresión post-parto y babyblues: Hay que diferenciarlas

Ayer, mi chico me confesó que, tras el ingreso del dragón y la falta de apoyo del entorno, tenía miedo de que mi babyblues evolucionara a depresión post-parto. No lo dijo en esas palabras, pero yo le puse nombre a los sentimientos que han ido evolucionando a lo largo de estas cuatro semanas.

Por eso y porque me parece importante saber diferenciar una de otra, hoy os hablo de qué es la babyblues y qué es la depresión post-parto.

Para empezar, sabed que el 85% de las mujeres vais a padecer la babyblues (si eres primeriza, seguro) Servidora, sin ir más lejos. Para que nos entendamos, es una leve depresión (que poco me gusta esta palabra) que dura unos 15 o 20 días y que aparece durante el puerperio (etapa de recuperación tras el parto)
Sus síntomas son: cambios de ánimo, tristeza, romper a llorar sin motivo aparente, sentirse irritada, ansiosa y, mi favorito, sentirse sola, desamparada. A veces, se pierde el apetito y hay dificultad para conciliar el sueño (aunque, siendo sinceras, eso viene con el paquete de «tener un bebé»)

Superficialmente, estos síntomas pueden llevar a pensar en una depresión post-parto, pero, hay una gran diferencia: con la babyblues no sientes desapego por tu hijo, no le culpas de todos los males.
De hecho, le miras y se te quitan todos los males.

Con la depresión post-parto, que ya entramos en terreno peligroso, la madre puede sentir desapego por su hijo, culparlo de lo que le pasa, desatenderlo y desatenderse a ella misma. El 15% de las mujeres padece depresión post-parto y es muy importante ser conscientes de que puede aparecer a lo largo del primer año tras el embarazo; saber cuáles son sus síntomas y acudir al médico lo antes posible.

La babyblues aparece y se va sin más y no requiere de tratamiento. Sólo de comprensión, paciencia y mucho amor por parte de familiares y amigos.

Personalmente, recomiendo que, cuando empecéis las clases maternales (popularmente, «clases de preparación al parto») no acudáis solas. Hacedlo con vuestras parejas. En las clases maternales no sólo os  enseñan a respirar. Os dan clases de lactancia, de cuidados del bebé, de puerperio... Y es muy importante sentirse apoyadas en los momentos posteriores al parto. Además, os aconsejo que os llevéis a la clase de puerperio a otro «pilar». Bien una hermana, madre, prima o amiga que os defienda y os apoye durante estos días. Y si ha pasado por mismo, mejor que mejor.

No estoy triste, estoy agotada y feliz ;)

Y recordad, no toméis decisiones por la noche. Estaréis cansadas, con ganas de llorar y exigiéndoos más de lo necesario. Todos los días sale el sol.

dilluns, 5 d’octubre de 2015

Brazos vacíos

A lo largo de estas últimas semanas, me habéis podido notar un poco quejosa. Todo me molestaba y, por si fuese poco, ¡¡lo decía!!
De todos es sabido que el pasado 8 de septiembre llegó a mi vida la persona más importante: mi hijo.
Era martes. Aquel mismo viernes nos dieron el alta y el sábado, mi hijo era ingresado en la unidad de neonatos por deshidratación. Aún no me había subido la leche y tenía altas concentraciones de sodio y bilirrubina.

Pues bien, sólo la persona que ha pasado por lo mismo que yo, me puede entender. Y cuando digo “lo mismo que yo”, no me refiero a que ingresen a tu hijo. Me refiero a que “te lo quiten” de los brazos.
Aquel sábado, bien entrada la noche, mi marido y yo volvíamos solos a casa. Con una silla para bebé en el coche vacía. Con un bolso cambiador con pañales que esa noche no usaría. Volvimos solos a casa. Cansados, tristes y, personalmente, con sentimiento de culpa. No me había subido la leche, mi hijo no se había amamantado bien y lo tenía que dejar en el hospital.

Mis brazos estaban vacíos y ansiosos… y yo no podía dejar de llorar.
Sí, tal vez fueran las hormonas, pero aquella noche lloraba porque no tenía a mi chiquitín en brazos.
Después de aquel fin de semana, después de nuestro primer reto como familia… yo tengo que lidiar todos los días con mi peor enemiga: mi yo insegura.

No soy la madre que he soñado durante 39 semanas. Algunos de los proyectos los llevo a medias por mi inseguridad y los comentarios ajenos (casi siempre de las personas que más me deberían apoyar: familiares) no ayudan.

Que no se haga un mínimo esfuerzo por comprender las decisiones que tomamos, tampoco ayuda.
Por si fuese poco, la lactancia materna también está siendo dura. Bonita, pero dura. Tampoco ayuda que las personas no entiendan que un hijo debe estar en brazos de su madre para ser amamantado. Porque cuánto más tiempo esté mamando, más leche produce su madre… y yo necesito producir leche.

La sociedad debe entender y concienciarse que la maternidad está cambiando, que la lactancia está cambiando, que la forma de criar y educar está cambiando. Se debe comprender que, en su día, no se hizo mal. Pero ahora, hoy, nosotros lo queremos hacer de forma distinta.
Por eso defiendo la crianza con apego, por eso defiendo coger en brazos a mi hijo cuando llora y no esperar a que tenga un berrinche; por eso me molesta que no se respete sus tomas o que duerma la siesta conmigo; por eso defiendo que las primeras semanas, mientras la lactancia no está establecida, las únicas personas que deberían coger en brazos al niño son su madre y su padre…

Quizá no sea la madre que quería ser, quizá me equivoqué (mi instinto me dice que no), quizá tenga a mucha gente en contra… pero por las noches, cuando estoy destrozada y cansada, cuando llevo sola todo el día con mi hijo, cuando lo único que queda de mí son miedos, inseguridad y lágrimas; una voz cálida me susurra: “Mi amor, lo estás haciendo bien”.

Mi marido, mi mejor amigo, me acompaña y me apoya (y lee todo lo que escribo) y nos dormimos escuchando los ruiditos que emite nuestro dragón sano, valiente y bonachón.